LORENZO DEBIÓ SER EL ÚNICO PADRE DE CURRO || CRÓNICAS y ANÁLISIS de LaPromesa
La Promesa se hunde en intrigas, secretos y un drama familiar que clama por una paternidad más explosiva. ¿Podría haber sido todo diferente si Lorenzo hubiera sido el padre de Curro? Analizamos la cruda realidad de la finca y la química insuperable entre dos actores.
PALACIO DE LA PROMESA – Las paredes de La Promesa resuenan con ecos de secretos enterrados y lealtades puestas a prueba. En un reciente capítulo que ha dejado a los fieles seguidores al borde del asiento, la compleja red de relaciones y las tensiones latentes dentro de la finca han alcanzado un nuevo punto álgido. Mientras el destino de sus personajes se desvela con cada giro argumental, emerge una pregunta fascinante: ¿Y si la figura paterna de Curro hubiera sido el calculador Lorenzo y no el distante Alonso?
La jornada en La Promesa, marcada por transiciones significativas y escenas de altísimo voltaje dramático, nos ha permitido desgranar capas de personalidad y motivaciones ocultas. Desde la implacable Leocadia, cuya nueva ama de llaves, Teresa, ha experimentado de primera mano su carácter férreo y sus complejos de clase, hasta la inesperada partida de póker que reunió a un cuarteto tan disfuncional como fascinante, cada momento ha contribuido a tejer el tapiz de esta apasionante narrativa.
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Leocadia, una figura cuya ambición y ansias de ascenso social se manifiestan con una crudeza que raya en lo patético, se ha erigido en un foco de análisis. Su menosprecio hacia las natillas, consideradas “vulgares”, y su insistencia en la superioridad de la “poncota”, delatan una profunda inseguridad y un deseo desesperado de distanciarse de sus orígenes. La forma en que somete a la leal y competente Teresa a su férrea voluntad es un reflejo de esta lucha interna, una batalla contra sus propios demonios que la consume y la ciega a la humanidad que la rodea.
Pero si bien Leocadia nos regala momentos de auténtica comedia involuntaria, es la tensa y electrizante relación entre Curro y Lorenzo la que ha capturado la atención y desatado el debate más apasionado entre los “promisers” y “clippers”. La escena final, ambientada en la biblioteca, donde Lorenzo se presenta para desatar una tormenta de verdades lapidarias sobre la inutilidad y el fracaso de Curro en todos los frentes de su vida – desde la milicia hasta la vida civil – es un tour de force actoral. Lorenzo, magistralmente interpretado, desarma a Curro con palabras afiladas como cuchillos, exponiendo sus debilidades y desmoronando su ya frágil autoestima.
Es precisamente en esta confrontación donde reside la clave de una hipótesis que ha comenzado a resonar con fuerza: la insospechada y potentísima química entre Curro y Lorenzo. A pesar de la toxicidad inherente a su relación y de la evidente manipulación de Lorenzo, la dinámica entre Chiqui Fernández y Guillermo Serrano es magnética. Cada mirada, cada inflexión de voz, cada golpe de diálogo se siente real, visceral. Te arrastra, te conmueve, te hace cuestionar la naturaleza de los lazos familiares.

Este contraste con la supuesta paternidad de Alonso es abismal. Si bien la verdad biológica señala a Alonso como el padre de Curro, esta conexión apenas se manifiesta en la trama. No vemos a Alonso interesarse genuinamente por el bienestar de su hijo, ni compartir momentos significativos que refuercen ese vínculo. Su figura paterna es etérea, casi inexistente en la narrativa diaria de La Promesa.
Por el contrario, la dinámica entre Curro y Lorenzo, aunque marcada por el abuso emocional y la provocación constante, es la que genera contenido dramático de primer nivel. La posibilidad de haber explorado una relación paterno-filial entre ellos, quizá nacida de un amor prohibido y secreto entre Lorenzo y Dolores, habría aportado una capa de complejidad y profundidad a la historia que, hasta ahora, ha permanecido latente.
Imaginemos un Curro criado bajo la tutela, aunque retorcida, de Lorenzo. Los diálogos habrían sido explosivos, las lecciones de vida brutales pero reveladoras, y la constante lucha de Curro por liberarse de la sombra de su “padre” habría sido un motor narrativo mucho más potente. La historia pasada, que al final tampoco ha tenido una influencia decisiva en la evolución de Curro más allá de la tragedia que marcó su infancia, podría haberse reescrito para dar cabida a esta conexión.

Es crucial recordar la profunda herida que la muerte de Dolores y la consiguiente ausencia de su verdadera madre, Eugenia, han dejado en Curro. Cuando Curro llama “madre” a Eugenia, no es un error del guion, sino un reflejo de la realidad para un niño que creció sin el recuerdo consciente de Dolores, una víctima inocente que apenas pudo ejercer su maternidad. Eugenia fue la figura materna que él conoció, la que moldeó su infancia, y eso trasciende la mera sangre.
La insospechada e imborrable impronta de Lorenzo en la vida de Curro, más allá de las apariencias y las verdades oficiales, sugiere una oportunidad argumental perdida. La química entre Fernández y Serrano es tan palpable que uno no puede evitar lamentar que el destino no haya conspirado para tejer una relación paterno-filial más activa y definitoria entre ellos. Una historia donde Lorenzo, a su manera oscura y calculada, hubiera sido la única figura paterna a la que Curro hubiera conocido realmente.
Mientras tanto, en otros frentes, la finca de La Promesa se erige como un universo cerrado, una especie de “metaverso” del que es casi imposible escapar. La escena de Ángela en el jardín, expresando su deseo de huir de la boda y de la propia Promesa, pone de manifiesto esta realidad ineludible. La finca parece destinada a absorber a todos sus habitantes, a perpetuar sus linajes y sus conflictos dentro de sus muros. Cada boda, cada nacimiento, cada nuevo personaje que cruza sus puertas parece condenado a integrarse en esta intrincada red de relaciones, a vivir y morir dentro de sus confines. Desde la hipotética descendencia de Margarita hasta la unión de Martínez y Jacobo, todos parecen tener su destino sellado en La Promesa.
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Sin embargo, la trama avanza inexorablemente. El capítulo culmina con un Curro desquiciado, tras las hirientes palabras de Lorenzo, perpetrando un acto desesperado que da inicio a un secuestro. Las repercusiones de este evento prometen ser monumentales, sacudiendo los cimientos de La Promesa y obligando a sus personajes a confrontar las verdades más oscuras sobre sí mismos y sobre sus relaciones.
¿Será este secuestro el catalizador que finalmente revele la verdadera profundidad de los lazos – o la falta de ellos – entre Curro y Alonso? ¿O será la chispa que encienda una nueva fase en la compleja y fascinante dinámica entre Curro y Lorenzo? La Promesa continúa desplegando su intrincada tela de araña, dejándonos con la certeza de que, en este rincón de la historia, la sangre a veces es lo menos importante. La verdadera conexión, como hemos visto, puede encontrarse en la química más inesperada y en los diálogos más devastadores.
Continuaremos analizando cada detalle de este drama en nuestras próximas crónicas. ¡Hasta entonces, promisers!