LA PROMESA: ¡TÚ ERES MI HIJA! Lorenzo DETIENE la BODA y Ángela queda EN SHOCK
Un giro del destino que sacude los cimientos del Palacio: la boda del año se convierte en el escenario del peor escándalo y la revelación más impactante de la historia. España contiene el aliento ante un drama de proporciones bíblicas.
El Palacio de la Promesa, hasta ahora escenario de intrigas palaciegas y romances secretos, se vio sumido en el caos y la conmoción más absoluta en lo que prometía ser el evento social del siglo. La esperada unión de Lorenzo de la Mata y Ángela de Figueroa, catalogada como la boda del año, se vio interrumpida de la manera más escandalosa y perturbadora imaginable, desvelando secretos que habían permanecido sepultados durante tres décadas y que amenazaban con destrozar vidas y reputaciones.
La mañana que debía ser idílica se transformó en un torbellino de desesperación y horror. La capilla, engalanada con una opulencia que rivalizaba con los salones reales, se convirtió en el epicentro de una tragedia inminente. Flores blancas y velas doradas no lograban disimular la oscura verdad: esta no era una celebración de amor, sino el resultado de un chantaje monstruoso. Ángela, la radiante novia, se encontraba atrapada, forzada a casarse con Lorenzo, un hombre que ostentaba la evidencia devastadora de los crímenes de su madre, Leocadia. La amenaza era clara: la horca para Leocadia si Ángela no cumplía con la voluntad de Lorenzo.

En la intimidad de su vestidor nupcial, la escena era desgarradora. Mientras María Fernández y Pía la vestían con un traje de ensueño, confeccionado en encaje blanco y seda importada, Ángela se sentía como una prisionera enfundada en un sudario. Cada puntada, cada perla bordada, era una cadena más que la ataba a un destino ineludible. Sus ojos, vacíos de esperanza, reflejaban el alma rota de una mujer arrastrada hacia su propia ejecución. “No puedo respirar”, susurraba, su voz apenas un hilo ahogado por el llanto contenido.
Pía, con genuina urgencia en su voz, intentaba insuflarle valor: “Todavía puede huir. Todavía hay tiempo. Podemos sacarla por la puerta trasera del palacio. Tengo un carruaje preparado.” Pero la determinación de Ángela, alimentada por el amor maternal más retorcido, era inquebrantable. “No puedo”, susurró con desesperación absoluta. “Lorenzo tiene toda la evidencia de los asesinatos de mi madre. Si no me caso con él hoy, si huyo, él llevará esa evidencia directamente al rey y mi madre será arrestada, juzgada y ejecutada en la plaza pública. Soy su única baza. No puedo condenar a mi propia madre a la horca, por mucho que odie lo que me está obligando a hacer.” Un chantaje perfecto, cruel y efectivo, que la mantenía atrapada sin escapatoria.
Mientras tanto, en los salones principales, Curro observaba los preparativos con el corazón hecho pedazos. La ceremonia que él veía como la mayor tragedia de su vida se desarrollaba ante sus ojos impotentes. Había luchado incansablemente, buscado pruebas contra Lorenzo, intentado convencer a Ángela de escapar juntos, incluso considerado secuestrarla. Pero Lorenzo, meticuloso y calculador, había anticipado cada movimiento. Manuel, su hermano, lo encontró en el jardín, con el rostro marcado por la desesperación. “Voy a perder a la mujer que amo”, confesó Curro con voz rota, “viéndola caminar hacia el altar para casarse con un monstruo. Voy a tener que estar ahí sentado sonriendo como si todo estuviera bien.” Las lágrimas rodaron por sus mejillas, un reflejo de la impotencia que lo consumía.

En su vestidor, Lorenzo se preparaba con una sonrisa triunfal. Mirándose al espejo, ajustaba su corbata, convencido de que su plan maestro estaba a punto de culminar. Control sobre Leocadia a través de su hija, acceso a la fortuna de los Figueroa y venganza completa contra sus enemigos. “Hoy es mi día”, murmuraba, ajeno a la bomba que estaba a punto de explotar en sus manos. En la sacristía, el Padre Samuel se preparaba para oficiar una ceremonia que sabía que era una abominación, rezando por un milagro que impidiera el matrimonio maldito. Las campanas anunciaron el inicio de la ceremonia.
Fue entonces, en ese momento crucial, cuando algo extraordinario ocurrió. Lorenzo, en la biblioteca privada, buscaba calmar sus nervios con brandy. Un mensajero desconocido irrumpió, entregándole una carta con una urgencia vital. El sobre, simple y sin remitente, contenía una verdad que helaría la sangre del capitán. Al leer las primeras líneas, su expresión mutó de la curiosidad al shock paralizante, y de este al horror absoluto.
La carta, clara y brutal, revelaba la verdad insospechada: Ángela de Figueroa no era hija del difunto esposo de Leocadia. Era, nada más y nada menos, que la hija biológica de Lorenzo. Treinta años atrás, un romance apasionado y secreto entre Lorenzo y Leocadia había dado como fruto a Ángela. Si la boda se consumaba, estarían cometiendo incesto. La carta adjuntaba pruebas irrefutables: cartas de amor de Lorenzo a Leocadia, registros de nacimiento y testimonios de antiguos sirvientes.

El mundo de Lorenzo se desmoronó. El brandy cayó de su mano, estrellándose contra el mármol. Revivió recuerdos de una juventud apasionada con Leocadia, una relación prohibida por las diferencias de clase que terminó abruptamente cuando él se casó con otra mujer. Nunca supo que Leocadia había quedado embarazada. “Ángela es mi hija”, susurró, temblando. “He estado chantajeando a mi propia hija, amenazándola, forzándola a casarse conmigo sin saber el horror de lo que estaba a punto de hacer.”
A escasos diez minutos de la ceremonia, Lorenzo corrió hacia la capilla, la carta temblando en sus manos, con la única misión de detener la catástrofe inminente.
Mientras tanto, en la capilla, Ángela caminaba hacia el altar, pálida como la muerte, del brazo de Alonso. Curro la observaba con un dolor que conmocionaba a los presentes. Leocadia, en primera fila, fingía alegría, sus ojos fríos y calculadores. Lorenzo, en el altar, se retorcía de sudor, sus ojos frenéticos, un hombre al borde del colapso. El Padre Samuel comenzó: “Nos reunimos hoy ante Dios… para unir en santo matrimonio a Lorenzo de la Mata y Ángela D…”

“¡Deténganse! ¡Detengan ahora mismo!”, gritó Lorenzo, su voz resonando con una fuerza desesperada que paralizó a todos. El silencio que siguió fue tan absoluto que se podía oír el latido de cada corazón. Lorenzo tropezó hacia Ángela, su rostro pálido y sudoroso, una expresión de horror grabada en sus facciones. “No podemos casarnos”, declaró, su voz resonando en la capilla. “Esta boda debe cancelarse inmediatamente.”
Los murmullos de incredulidad recorrieron el lugar. Ángela, atónita, no podía comprender. Lorenzo, con lágrimas corriendo por sus mejillas, se acercó a ella. “Ángela, hija”, dijo con voz quebrada, “hay algo que debes saber. Algo que yo mismo acabo de descubrir hace apenas un minuto. Algo que cambia absolutamente todo. Hace 30 años, tu madre, Leocadia, y yo tuvimos una relación romántica. De ese amor, naciste tú.”
Leocadia se levantó bruscamente, su rostro despojado de color. “¡Lorenzo, no!”

“Eres el producto de nuestro romance secreto”, continuó Lorenzo, implacable. “Ángela de Figueroa, tú eres mi hija biológica, y he estado a punto de cometer el crimen más horrible que existe. Casarme con mi propia sangre, cometer incesto.”
La capilla explotó. Gritos de horror, exclamaciones de incredulidad. Ángela, congelada, repitió mecánicamente: “¿Hija? ¿Tú eres mi…?” Sus piernas cedieron, y Curro corrió a atraparla. “No puede ser, ¿verdad, Soyoza?”
Lorenzo mostró los documentos. Cartas de amor, registros de nacimiento, testimonios. Ángela se giró hacia su madre, quien asintió entre lágrimas. “Mamá, ¿es verdad?”

Un grito desgarrador surgió de Ángela: “¡Durante semanas me preparaste para casarme con mi propio padre! ¡Ibas a dejar que cometiera incesto! ¿Qué clase de monstruo eres?” Cayó de rodillas, sollozando desconsoladamente, mientras los invitados huían en pánico. El Padre Samuel declaró formalmente: “Esta ceremonia está cancelada por impedimento de consanguinidad.”
Lorenzo, arrodillado frente a su hija, suplicó: “Hija, lo siento, no sabía. Tienes que creerme.” Ángela lo miró con horror y confusión, mientras Alonso, furioso, enfrentaba a Leocadia: “¿Cómo pudiste ocultar esto durante 30 años? ¿Cómo pudiste estar dispuesta a dejar que tu propia hija cometiera semejante horror?”
Leocadia, entre sollozos, confesó haber fingido que Ángela era hija de su difunto esposo para protegerla y darle una vida respetable, pues Lorenzo ya estaba casado. Lorenzo, furioso, la acusó de haberlo dejado chantajear a su propia hija. Leocadia, en un intento desesperado, declaró que pensó que si el secreto moría con ella, ambos secretos morirían con ella.

Ángela, con la fuerza de la rabia, abofeteó a su madre. “Eres un monstruo”, sentenció. Pía y Simona corroboraron el horror de los actos de Leocadia. Lorenzo, con asco, la miró: “Me convertiste en un monstruo sin que yo lo supiera.”
Días después, Lorenzo, en un acto de redención inesperado, convocó a Alonso, Manuel y Curro en la biblioteca. Sacó una carpeta con toda la evidencia de los crímenes de Leocadia: cartas, testimonios, confesiones. “Usé esto para controlar a Leocadia, para forzar a Ángela a casarse conmigo”, dijo con voz hueca. Caminó hacia la chimenea y arrojó los documentos al fuego. “Pero no puedo”, declaró. “No puedo seguir siendo el monstruo que arruina la vida de su propia hija.”
Ante la furia de Alonso, Lorenzo explicó: “Leocadia merece justicia, pero mi hija no merece vivir viendo a su madre ejecutada.” El remordimiento por haber estado a punto de cometer incesto lo atormentaría de por vida. Leocadia fue exiliada a un convento en las montañas para hacer penitencia, su castigo ser vivir con la culpa de sus crímenes y el conocimiento de casi haber destruido a su hija.

Seis meses después, la vida en el Palacio de la Promesa encontró un nuevo equilibrio. Lorenzo, en exilio voluntario, mantenía una distancia respetuosa con Ángela, enviándole cartas y propiedades, buscando una redención lenta y gradual. Leocadia se dedicaba a la oración en el convento. Y Ángela, por primera vez, era genuinamente libre.
Encontró su felicidad junto a Curro, quien le pidió matrimonio en una ceremonia íntima, sin chantajes ni secretos. Su boda fue un testimonio de amor puro y verdadero. El Padre Samuel, cuya investigación fuera del confesionario había sido clave, fue alabado por proteger a los inocentes. Lorenzo, por su parte, se enfrentaba a la difícil tarea de aprender a ser un padre, mientras su hija aún lidiaba con el trauma.
La historia de la boda cancelada, del monstruoso secreto revelado y de la redención encontrada, se convirtió en un relato que resonaría en España. Una historia de horrores inimaginables, de amor improbable y de la fuerza inquebrantable del espíritu humano para encontrar la luz incluso en las tinieblas más profundas. La Promesa ha vuelto a demostrar que, en este palacio, los secretos siempre esperan ser desvelados, y los dramas, sin importar cuán devastadores, siempre encuentran un camino hacia una nueva realidad.