LORENZO FUERA DE CONTROL: ALONSO INTERVIENE || CRÓNICAS de LaPromesa series
El Marquesado de Luján se tambalea ante la furia desatada de Lorenzo. Las grietas en la fachada de la aristocracia se ensanchan, revelando la oscura tormenta que amenaza con engullir a sus habitantes. En un giro que deja a la audiencia sin aliento, Alonso de Luján se ve obligado a enfrentarse a la espiral de autodestrucción de su propio hijo, Lorenzo de la Mata, un hombre consumido por la rabia y la desesperación.
La Promesa, esa joya de la ficción española que semana tras semana nos atrapa con sus intrigas palaciegas y secretos inconfesables, ha alcanzado un punto de inflexión. La tensión, que se venía gestando como una tormenta silenciosa, ha estallado con la fuerza de un huracán, y el epicentro de la catástrofe no es otro que Lorenzo de la Mata. El otrora calculador y cínico aristócrata se ha transformado en un lobo herido, impredecible y peligrosamente volátil, y las consecuencias de sus acciones amenazan con desencadenar un caos sin precedentes en La Promesa.
Los últimos acontecimientos nos han sumido en una espiral de angustia y temor. La noticia del inminente enlace entre Lorenzo y Ángela, anunciada por el propio Lorenzo con una mezcla de desafío y una peculiar culpabilidad dirigida hacia su padre, ha sido solo la chispa que ha prendido la pradera. Pero lo que se esconde tras esta precipitada boda es mucho más oscuro de lo que las apariencias sugieren. La frase “Todo esto es culpa tuya” lanzada por Lorenzo a Alonso no es una simple bravuconada; es el reflejo de una profunda fractura familiar, de resentimientos enquistados y de un dolor que ha corroído los cimientos de su relación.
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Alonso, acostumbrado a ejercer un férreo control sobre su entorno y sus propios demonios, se ve confrontado por una realidad que se le escapa de las manos. Las advertencias de Margarita, que resuenan con una inquietante premonición (“Sabes que Lorenzo es capaz de hacer cualquier cosa”), no son meras habladurías. Son ecos de una verdad dolorosa que Alonso, en su afán por mantener las apariencias y el orden, ha intentado ignorar durante demasiado tiempo. La desesperación de Lorenzo, su comportamiento errático, sus arrebatos de furia y su evidente descontrol emocional, sugieren que está al borde del abismo, y nadie parece ser capaz de detener su caída.
La actitud de Lorenzo ha escalado a niveles alarmantes. Ya no se trata de simples desaires o comentarios mordaces; estamos presenciando la desintegración de un hombre que ha perdido el rumbo. Su desprecio por las normas, su desprecio por la opinión ajena y, sobre todo, su desprecio por sí mismo, se manifiestan en cada gesto, en cada palabra. La vida en La Promesa, que siempre se ha regido por un código de honor y de protocolo, se ve sacudida por esta ola de anarquía personal.
Ante esta situación insostenible, Alonso se ve obligado a tomar cartas en el asunto. La calma tensa que rodeaba la mansión se rompe por la intervención directa del marqués. “Relájate, Lorenzo, y cuida la lengua”, le advierte Alonso, una orden que en otro tiempo habría sido suficiente para imponer respeto. Pero Lorenzo, en su espiral de autodestrucción, responde con un desafiante “Como me da la gana”, un grito de rebeldía que evidencia la profunda grieta que separa a padre e hijo.

La intervención de Alonso no es solo un intento por restaurar el orden, sino un reconocimiento, quizás tardío, de la gravedad del problema. El marqués, al igual que el espectador, siente el miedo que emana de Lorenzo. “Entiendo, tengo miedo”, confiesa Alonso, una vulnerabilidad inesperada que nos permite atisbar la compleja psique del personaje. Es el miedo de un padre ante la posibilidad de perder a su hijo, no solo físicamente, sino también en espíritu.
El clímax de esta confrontación se vislumbra cuando Alonso decide que no puede permitir que Lorenzo siga por este camino. Sus palabras, cargadas de determinación, resuenan con la urgencia de quien sabe que está jugando su última carta: “Le voy a dejar las cosas claras”. Pero la duda surge, ¿será suficiente? ¿Reaccionará Lorenzo ante la autoridad paterna, o su orgullo y su rabia le impedirán escuchar? “Y tú crees que te hará caso?”, pregunta una voz escéptica, que podría ser la nuestra, la de cualquier espectador que ha sido testigo de la imparable escalada de Lorenzo.
La promesa de Alonso es firme: “Le voy a obligar a que termine con este sin sentido y asuma la realidad”. La frase “asuma la realidad” es clave. ¿Cuál es esa realidad que Lorenzo se niega a enfrentar? ¿Es la pérdida de su estatus, la frustración de sus ambiciones, o quizás un secreto del pasado que lo atormenta y lo impulsa hacia la autodestrucción? La audiencia se pregunta si Alonso, con su intervención, logrará romper el muro de negación que Lorenzo ha construido a su alrededor.

Este es, sin duda, uno de esos momentos cruciales en La Promesa en los que el espectador siente que el abuso de poder, la manipulación y la crueldad finalmente comienzan a cosechar las consecuencias que merecen. Lorenzo, actuando como un “animal herido, rabioso e imprevisible”, ha llegado a un punto en el que su propia destructividad lo pone en peligro, y, lo que es más preocupante, pone en peligro a quienes lo rodean. Su comportamiento volátil, su falta de control y su evidente malestar emocional son señales de alarma que no pueden ser ignoradas.
La Promesa nos enseña que los secretos y las promesas pueden ser pesadas cargas. La carga de Lorenzo parece ser insoportable, y su forma de liberarse de ella es a través de la explosión. Alonso, al intervenir, no solo está intentando salvar a su hijo de sí mismo, sino también proteger el legado y la estabilidad de la familia Luján. La pregunta que queda en el aire es si esta intervención será el inicio de la redención de Lorenzo, o si, por el contrario, precipitará una tragedia de consecuencias inimaginables.
La audiencia de La Promesa está en vilo. Cada episodio se ha convertido en una cuenta atrás, esperando ver cuándo el castillo de naipes de Lorenzo se derrumbará por completo. La intervención de Alonso es un rayo de esperanza, una oportunidad para que el personaje de Lorenzo de la Mata tome un giro hacia la cordura. Sin embargo, la naturaleza impredecible de Lorenzo nos advierte que esta intervención podría desencadenar una reacción aún más violenta y destructiva.
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Seguiremos atentos a las crónicas de La Promesa, esperando que la resolución de este conflicto aporte no solo drama, sino también, quizás, un atisbo de paz para los atormentados habitantes de este majestuoso, pero a menudo sombrío, palacio. La batalla por el alma de Lorenzo de la Mata ha comenzado, y el Marquesado de Luján contiene la respiración.
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