Antonio Resines y su Esposa, Ana Pérez Lorente, Se Despidieron Por Última Vez de la Familia Real: Un Vínculo Inquebrantable en Tiempos de Duelo
Madrid se vistió de luto este pasado sábado, aunque bajo un manto de solemnidad y respeto, para dar el último adiós a la Princesa Irene de Grecia, cuyo fallecimiento, ocurrido el jueves 15 de enero, ha conmocionado a una nación y a aquellos que compartieron lazos significativos con la realeza helena. La imponente arquitectura de la Catedral Ortodoxa Griega de San Andrés y San Demetrio en la capital española se convirtió en el epicentro de una despedida íntima pero cargada de simbolismo, congregando a la familia real, así como a un círculo restringido de familiares y amigos cercanos, todos unidos por el dolor y el recuerdo.
Sin embargo, entre las figuras de luto y la solemnidad regia, una presencia desató un murmullo de curiosidad y un interés particular en el ámbito del espectáculo y el entretenimiento: el aclamado actor Antonio Resines y su inseparable esposa, Ana Pérez Lorente. Su asistencia a un evento tan profundamente ligado a la realeza griega, y en un momento de tan palpable fragilidad, no pasó desapercibida. Más allá de la sorpresa inicial, esta aparición subraya una amistad que trasciende las barreras entre el estrellato cinematográfico y la nobleza, revelando una conexión forjada en la infancia y fortalecida a lo largo de décadas.
La clave de esta inesperada, pero en el fondo comprensible, presencia reside en el profundo vínculo que une a Ana Pérez Lorente con las Infantas Elena y Cristina de Borbón y Grecia. Su amistad no es fruto de los salones de la alta sociedad o de encuentros protocolarios recientes, sino de una historia compartida que se remonta a los años de formación, cuando ambas compartían aulas y recreos en el prestigioso colegio Santa María del Camino de Madrid. Esta hermandad de juventud, tejida con risas, confidencias y experiencias formativas, ha demostrado ser un hilo conductor inquebrantable a lo largo de sus vidas adultas.
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Desde aquellas etapas tempranas, la vida de Ana y la de su esposo Antonio se entrelazaron de manera natural con los acontecimientos y las visitas de las Infantas. No se trataba de una relación forzada o de conveniencia, sino de una genuina apreciación mutua y un apoyo constante. Han estado presentes en celebraciones familiares, en momentos de alegría compartida y, ahora, en este trance de profunda tristeza. La asistencia de Resines, en calidad de cónyuge de Ana y, por extensión, de amigo de la familia, se convierte en un gesto de lealtad y apoyo incondicional a su esposa y, por ende, a sus amigas de infancia.
El contexto de la despedida era especialmente emotivo. La Princesa Irene, hermana del Rey Constantino II de Grecia y de la Reina Sofía de España, era una figura querida y respetada. Su fallecimiento dejaba un vacío palpable en el seno de la familia real griega y en el corazón de aquellos que tuvieron la fortuna de conocerla. El ritual funerario, que seguiría el mismo patrón que el del Rey Constantino de Grecia, con su sepelio previsto en el cementerio real del Palacio de Tatoy, añade una capa de tradición y continuidad a la despedida, un eco de los rituales que han marcado a esta antigua dinastía.
La Catedral Ortodoxa Griega, con su arquitectura rica en historia y espiritualidad, proporcionó el escenario perfecto para honrar la memoria de la Princesa Irene. Las velas parpadeantes, los cantos litúrgicos y la solemnidad del ambiente envolvían a los asistentes en un aura de recogimiento. En este marco, la presencia de Antonio Resines, conocido por su carisma y su cercanía en la pantalla, adquiría una dimensión más íntima y personal. Su rostro, habitualmente reflejo de la comedia y el drama interpretativo, mostraba la gravedad y el respeto que el momento demandaba.

Es en estos momentos de adversidad cuando se ponen a prueba las verdaderas amistades. La elección de la Princesa Irene de tener un círculo de despedida tan íntimo habla de su deseo de rodease de aquellos que le brindaron afecto y apoyo incondicional. Que Ana Pérez Lorente y Antonio Resines formasen parte de ese selecto grupo, no es una casualidad, sino la culminación de una historia de conexión humana que ha resistido el paso del tiempo y las diferentes esferas de la vida pública.
Para Antonio Resines, conocido por su trayectoria en películas y series que han marcado la historia reciente del cine español, este tipo de eventos sociales, aunque privados, ofrecen una visión diferente de la vida de las figuras públicas. Su capacidad para transitar entre el personaje y la persona, entre el escenario y la vida privada, le ha ganado el afecto del público. En esta ocasión, su presencia en la Catedral Ortodoxa no era un papel a interpretar, sino un acto de amistad y solidaridad.
La relación de Ana Pérez Lorente con las Infantas no se limita a las visitas protocolarias o a la coincidencia en eventos sociales. Se trata de una camaradería genuina, de lazos que se han fortalecido a través de las vicisitudes de la vida. Han sido testigos del crecimiento de sus familias, de los logros y de los desafíos. Esta conexión, a menudo invisible para el ojo público, es la que permite que en momentos de dolor, lazos como estos se conviertan en pilares de apoyo mutuo.

El impacto de la noticia de la muerte de la Princesa Irene, unida a la curiosidad por la presencia de Resines, ha generado un debate sutil sobre la naturaleza de las relaciones humanas en el ojo público. Demuestra que, más allá de los títulos y las profesiones, las conexiones personales basadas en la confianza y el afecto son las que verdaderamente perduran. Antonio Resines y Ana Pérez Lorente, con su discreta pero significativa presencia, se unieron a la familia real en un momento de profundo dolor, ofreciendo un silencioso pero poderoso testimonio de amistad y apoyo.
La despedida en la Catedral Ortodoxa Griega de San Andrés y San Demetrio ha sido, por lo tanto, mucho más que un evento de crónica social. Ha sido una demostración de la fuerza de los lazos humanos, un recordatorio de que, incluso en los círculos más exclusivos, la amistad verdadera y el apoyo incondicional son los valores que trascienden el tiempo y las circunstancias. La presencia de Antonio Resines y Ana Pérez Lorente, como testigos de la fe y amigos de la familia, ha añadido una nota de calidez humana a un momento de duelo, subrayando que la empatía y la lealtad son universales, sin importar los títulos o las coronas. Su despedida silenciosa de la familia real, en este último adiós a la Princesa Irene, es un capítulo conmovedor en la intrincada red de relaciones que tejen la vida de aquellos que, a pesar de sus diferentes caminos, comparten un mismo corazón.