María le propone a Gabriel el pacto definitivo – Sueños de Libertad

La tensión se palpa en el aire de “Sueños de Libertad” mientras María, en un giro argumental que promete sacudir los cimientos de la fábrica y las relaciones personales, presenta a Gabriel una propuesta que podría redefinir su destino y el de todos a su alrededor. Las recientes maquinaciones, los secretos desenterrados y la creciente amenaza que pende sobre la reputación de la fábrica Abrosart, han llevado a los personajes a un punto de quiebre. La ambición, la lealtad y el miedo se entrelazan en un drama de proporciones épicas, y es en este torbellino donde María emerge con una jugada maestra, una que exige de Gabriel una confianza absoluta y una valentía inquebrantable.

La escena que se despliega ante nosotros no es una simple discusión; es un duelo de voluntades, un intercambio de estrategias donde las palabras son armas y las miradas, campos de batalla. María, con la determinación férrea que la caracteriza, confronta a Gabriel. Sus primeras palabras resuenan con una urgencia palpable: “¿A poder conmigo, María? Podrías no haber reconocido nada. Sabes lo mucho que tenemos que perder.” Esta frase inicial ya nos advierte de la magnitud de lo que está en juego. No se trata solo de la supervivencia de Abrosart, sino de un delicado equilibrio de poder, de reputaciones construidas con sudor y sacrificio, y de las vidas entrelazadas que dependen de ello.

Gabriel, visiblemente afectado por la gravedad de la situación, intenta apelar a la prudencia, a la estrategia de la discreción. Su pregunta, cargada de incredulidad y quizás de un atisbo de esperanza en la evasión, es reveladora: “¿Qué sentido tiene callar cuando saben la verdad?”. Esta indagación sugiere que la verdad, esa verdad incómoda y potencialmente destructiva, ha sido expuesta, y el silencio ya no es una opción viable. El miedo a las consecuencias es tangible, un fantasma que acecha en cada rincón de la fábrica y en cada conversación confidencial.


María, sin embargo, no se deja amedrentar. Su respuesta es un acto de valentía audaz, casi temeraria, que desafía la lógica convencional de la política de la época. “Evitar una guerra. ¿O te crees que los de la reina se van a quedar de brazos cruzados?”. Aquí se revela la verdadera naturaleza del peligro. No es solo una cuestión interna de la fábrica, sino una amenaza que se extiende a esferas de poder mayores, donde los intereses de la corona están en juego. La posible guerra a la que se refiere María no es un conflicto bélico, sino una batalla por la influencia, la reputación y el control, una lucha que podría tener ramificaciones devastadoras para todos los implicados.

La réplica de Gabriel es una advertencia, un eco de las posibles represalias: “Pues aquí me tendrán.” En esta frase, a pesar de su aparente desafío, podemos percibir una subyacente preocupación. Se presenta como un escudo protector, pero la intensidad de la amenaza es lo suficientemente real como para que sus palabras suenen casi a auto-sacrificio.

“Esa actitud nos va a pasar factura”, le advierte Gabriel a María, en un intento de reconducirla hacia un camino más seguro, menos confrontacional. Pero María está decidida. El peso de lo que ha descubierto, la injusticia que ha presenciado, la ha empujado a tomar una postura firme. “No te preocupes”, le dice, con una seguridad que desarma y fascina a partes iguales. Su confianza no nace de la ingenuidad, sino de un conocimiento profundo y de una voluntad inquebrantable.


Es en este momento crucial donde María desvela el as de su manga, la pieza clave de su estrategia, algo que promete ser “contundente”. “Puedo darles donde más les duele”, afirma, con una mirada penetrante que no deja lugar a dudas. La pregunta que surge de inmediato es: ¿dónde reside esa vulnerabilidad? ¿Qué secreto o qué posesión es tan preciada que su amenaza podría detener la embestida? La respuesta que María ofrece es desgarradora y, a la vez, el núcleo de su poder de negociación: “Puedo llevarme a mi hija.”

Esta declaración es un golpe maestro, una revelación que congela la sangre. La hija, la inocencia, el futuro. En un mundo donde los lazos familiares son sagrados y a menudo explotados como palanca de poder, la amenaza de arrebatar a un hijo es el último recurso, la bomba de neutrones de las negociaciones. Gabriel reacciona con horror y desesperación: “Begoña nunca permitirá eso.” La mención de Begoña, una figura poderosa y determinante en la narrativa, subraya la complejidad de la situación. Begoña es una fuerza a tener en cuenta, y su posible oposición a esta jugada de María añade una capa adicional de peligro.

Sin embargo, María, con una frialdad que hiela, responde: “Begoña sabe que puedo hacerlo.” Esta afirmación sugiere una comprensión profunda de las dinámicas familiares y de los puntos débiles de Begoña. No es una amenaza vacía; es una verdad dolorosa pero efectiva.


La súplica de Gabriel se torna desesperada: “Pero no lo vas a hacer. No me mires así.” La mirada que María le dirige no es de desafío abierto, sino de una convicción absoluta, de una resignación teñida de determinación. Gabriel intenta apelar a su rol y a la estructura existente: “Eres el director de la fábrica. Abrosart necesita aquí.” Argumenta que su presencia en la fábrica es fundamental, que su partida sería perjudicial.

Pero María tiene una contraoferta que no solo pone en tela de juicio su papel, sino que redefine su propio destino: “Bueno, puedo irme a otra casa con mi mujer y mi hija.” Esta alternativa, lejos de ser una rendición, es una reimaginación de su vida, una propuesta de escapar del nido de víboras que se ha convertido la fábrica, pero no sin antes haber logrado un objetivo mayor. Su condición es clara: su partida solo ocurrirá si las condiciones para su salida son las adecuadas, si se garantiza la seguridad de su familia y si se resuelve la amenaza inminente.

Gabriel, entendiendo la inutilidad de las argumentaciones convencionales, asiente a la crudeza de la propuesta de María. “Con eso solo conseguirías que se revolvieran más”, replica, sugiriendo que una salida abrupta sin una resolución previa solo agravaría el conflicto. La estrategia de María va más allá de la autoprotección; busca una solución que beneficie a ambos.


“Lo que tú necesitas es algo contundente, algo que evite que vayan contra ti y contra mí,” sentencia María, demostrando su perspicacia estratégica. Ha comprendido que la única forma de protegerse a sí misma, a Gabriel y, en última instancia, a la fábrica, es neutralizar la amenaza de raíz. Y aquí llega el clímax de su propuesta: “Y me parece que tú habías encontrado ese algo.”

Esta última frase deja al espectador en vilo. ¿A qué “algo” se refiere María? ¿Es un documento, una confidencia, un arma secreta que Gabriel ha estado guardando? La insinuación es poderosa, sugiriendo que Gabriel posee la clave para desmantelar la amenaza que se cierne sobre ellos. La pregunta final, “¿Cómo me…”, lanzada por Gabriel, no es una pregunta sobre cómo se llevará a cabo la acción, sino sobre cómo él, Gabriel, puede llegar a ese punto de poder y control que María le está sugiriendo.

La propuesta de María no es solo un plan de supervivencia; es un pacto definitivo. Un acuerdo donde se ponen en juego los afectos más profundos, la lealtad familiar y la reputación profesional. Es un testamento a la astucia de María, una mujer que, ante la adversidad, no solo lucha por sí misma, sino que traza un camino de salvación que implica a aquellos que más le importan. La tensión acumulada, las revelaciones y las apuestas extremas que se presentan en este segmento prometen mantener a los espectadores pegados a sus asientos, ansiosos por descubrir las próximas jugadas en el intrincado tablero de “Sueños de Libertad”. El destino de Abrosart y el futuro de María y Gabriel penden de un hilo, y el “pacto definitivo” está a punto de sellarse.