CAZA EN EL BOSQUE: LEOCADIA Y LORENZO CRUZAN LA LÍNEA || CRÓNICAS de LaPromesa series

En el corazón de La Promesa, un giro inesperado desata la tensión, llevando a Leocadia y Lorenzo al borde del abismo y a un punto de no retorno que resonará en los pasillos del palacio y en los corazones de sus habitantes.

La tarde del sábado en La Promesa se tiñó de una angustia palpable. La aparente calma que a menudo envuelve a la aristocrática finca se vio brutalmente sacudida por un evento que ha puesto a prueba los cimientos de las relaciones y la cordura de sus protagonistas. En un punto álgido de la narrativa, donde las amenazas se ciernen y las verdades salen a la luz de forma contundente, dos figuras clave, Leocadia y Lorenzo, se han encontrado en una encrucijada peligrosa, forzando una confrontación que nadie anticipaba y cuyos ecos apenas comenzamos a descifrar.

La tensión es palpable, un aire viciado que impregna cada rincón de la conversación. Leocadia, visiblemente alterada, intenta justificar una acción que, para algunos, es incomprensible. Su nerviosismo no es un secreto, pero la decisión de “llevarla” –presumiblemente refiriéndose a una de las jóvenes damas de La Promesa, cuya identidad y paradero se han convertido en un foco de preocupación– no ha sido bien recibida por todos. La intención declarada es protegerla, un escudo tras el cual se esconden motivaciones más complejas y oscuras.


Sin embargo, la reacción de Lorenzo es un torbellino de ira y repudio. No permite que se defienda a “ese bastardo” en su presencia, una clara alusión a quienquiera que se haya llevado a la joven. La mención de “perdió Loremus”, evocando una tragedia del pasado, revela una profunda herida y un patrón de pérdida que parece repetirse de forma inexorable. La sombra de la “enajenada que lo crió” y su trágico final lanzándose desde un torreón, planea sobre esta conversación, sugiriendo una predisposición a la desesperación y a actos extremos cuando se enfrentan a la pérdida.

La frase “Me gusta un pelo que esté encerrada con él en esa cabaña” denota una ironía mordaz y un temor profundo. Lorenzo no aprueba en absoluto la situación. La idea de su prometida, su futuro, compartiendo techo y espacio vital con un “energúmeno que además la secuestró” es una afrenta intolerable. El término “secuestro” resuena con fuerza, pintando un cuadro de coacción y peligro. La desesperación de Lorenzo se amplifica al considerar la posibilidad de que ella esté a merced de alguien capaz de “disparar a todo el que se le acerca”.

Pero aquí surge otro matiz crucial, una defensa por parte de Leocadia o alguien más en la conversación que sugiere que “sabes perfectamente que no disparaba a dar”. Esta contraargumentación introduce una capa de duda sobre la intencionalidad criminal de los disparos. ¿Fue un acto de advertencia, un intento de disuadir sin causar daño real, o simplemente una excusa para justificar una acción violenta? La respuesta a esta pregunta podría ser determinante para entender la verdadera naturaleza del peligro y las motivaciones detrás de él.


La amenaza de Lorenzo es directa y escalofriante: “Pues eso es lo que voy a hacer yo si voy a esa cabaña. Disparar a dar”. Esta declaración de intenciones marca el clímax de la tensión. No se trata de una advertencia vacía, sino de una promesa de violencia retributiva, un juramento de que la persona que ha puesto en peligro a su prometida y ha provocado esta angustia, se enfrentará a las consecuencias más severas. La caza en el bosque ha comenzado, no solo la física, sino la de la verdad, la justicia y la venganza.

El papel de Leocadia en este drama es ambiguo y fascinante. ¿Es una protectora genuina o una manipuladora con agendas ocultas? Su nerviosismo puede ser interpretado como la carga de un secreto pesado o la presión de un plan que se desmorona. La justificación de “llevarla para protegerla” se enfrenta a la furia de Lorenzo, quien ve esta acción como una puesta en peligro aún mayor. La diferencia en sus percepciones subraya la complejidad de la situación y la falta de una comprensión compartida de los riesgos y las verdades subyacentes.

Lorenzo, por su parte, se erige como el guardián furioso, impulsado por el amor y un sentido de posesión que roza la obsesión. La amenaza del secuestro, la proximidad de su prometida a un individuo peligroso, ha encendido una mecha que amenaza con explotar. Su determinación de “disparar a dar” no es un capricho, sino la culminación de un tormento que lo ha llevado a un punto de quiebre. El bosque se convierte en el escenario de su propia confrontación interna y externa, un lugar donde las reglas de la civilidad se disuelven ante la urgencia de la acción.


La intriga se intensifica al considerar la pregunta implícita: ¿Quién es el “bastardo”? ¿Quién es el “energúmeno”? ¿Quién es el responsable de este secuestro y de los disparos que siembran el terror? Las respuestas a estas preguntas son vitales para comprender la red de engaños, pasiones y resentimientos que tejen la trama de LaPromesa.

Esta secuencia de eventos no es solo un momento de alta tensión, sino un punto de inflexión que redefine las lealtades y las alianzas. La promesa hecha, sea cual sea su naturaleza, está siendo puesta a prueba de las maneras más extremas. La inocencia se ve manchada, la confianza se fractura y el amor se enfrenta a su prueba más dura: la desesperación y la posibilidad de la violencia.

El espectador queda en vilo, anhelando desentrañar las motivaciones de cada personaje y anticipando las devastadoras consecuencias de esta “caza en el bosque” que ha llevado a Leocadia y Lorenzo a cruzar la línea. Las crónicas de LaPromesa nos recuerdan que en este universo, las pasiones desatadas pueden tener un precio terrible, y que las verdades, por dolorosas que sean, siempre encuentran un camino para emerger. La espera por el próximo episodio se vuelve insoportable, pues sabemos que las repercusiones de estos eventos resonarán en La Promesa durante mucho tiempo.